domingo, 9 de diciembre de 2012

Diego Rivera y los frescos del Instituto Nacional de Cardiología

Ingrid S. Bivián 

Instituto Mora

Revista BiCentenario #15


Sin la aportación de los hombres del ayer nada nos quedaría a los de hoy, nada que no fuera la voluntad ciega y la razón perdida en la ignorancia.


-Ignacio Chávez

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Rivera, muralista

A pesar de que la obra de Diego Rivera incluye una notable variedad de estilos, entre los que podemos distinguir a grandes rasgos el clasicista, impresionista y cubista, su nombre, junto con los de David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, es sinónimo del muralismo mexicano puesto que, tras su regreso a México después de una residencia de 14 años en Europa, la tónica de la producción artística fue, hasta el día de su muerte, la pintura mural. De ella hizo, como él mismo refirió, su propia expresión.

Diego tomó de los pintores italianos del Renacimiento la técnica del fresco y en ella hizo confluir tanto sus ideas de lucha y reivindicación social como una estética muy propia en la que privilegiaba la sencillez de las formas, sin sacrificar por ello el realismo de lo representado; y una variedad de temas, aunque disímbolos, siempre tendientes a plasmar grandes multitudes trabajadoras enfrascadas en sus faenas cotidianas, ya fuera en el campo o la ciudad, de las que hizo los héroes máximos de su obra plástica.

En poco más de dos décadas, la incansable obra del muralista mexicano se extendió por numerosos edificios públicos que albergaron desde entonces su interpretación de la historia patria y de la realidad social que vivió. De esa época destacan sus frescos en la Secretaria de Educación Pública, Chapingo y Palacio Nacional, y otros que realizó en California, Detroit y Nueva York en Estados Unidos. Entre su producción menos conocida de ese tiempo están los dos frescos que pintó para el Instituto Nacional de Cardiología sobre la historia de esta especialidad (1943-1944).

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El Instituto Nacional de Cardiología

La creación de los primeros servicios de especialidades médicas, cardiología y gastroenterología, en el Hospital General de la ciudad de México en 1924, abrió un parteaguas en la historia de la medicina nacional; con ellos se abrazó institucionalmente la corriente de especialización que, desde el siglo anterior, se apuntalaba como la tendencia general que habría de seguir el desarrollo de la ciencia médica. El principal promotor de la especialidad en cardiología fue el doctor Ignacio Chávez Sánchez, entonces joven galeno de 27 años, oriundo de Michoacán, de mente inquieta y voluntad férrea, que a lo largo de su vida no habría de conocer descanso en su afán de guiar a sus colegas hacia la excelencia de su profesión, ya fuera como docente o a la cabeza de alguna institución o asociación médica. Veinte años después de que se abriera el servicio de cardiología, en 1944, Ignacio Chávez vería concretado uno de sus proyectos más caros: el Instituto Nacional de Cardiología, primero en su tipo en todo el mundo. Su establecimiento formó parte del magno programa de construcción de hospitales que dirigió el doctor Gustavo Baz desde la Secretaria de Asistencia Pública; éste también incluyó la construcción del Centro Médico Nacional, el Hospital Infantil y el de Enfermedades de la Nutrición, así como el Instituto Nacional de Cardiología. El proyecto arquitectónico del Instituto corrió a cargo de José Villagrán García, a quien se debe en buena parte la modernización de la arquitectura nosocomial en México.

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PARA SABER MÁS:

Luis-Martín Lozano y Juan Coronel Rivera, Diego Rivera, obra mural completa, Munich, Taschen, 2008. Enrique Soto Pérez de Celis, “Una mirada a la historia de la cardiología. Los frescos deDiego Rivera en el Instituto Nacional de Cardiología”, http://redalyc.uaemex.mx/pdf/294/29406502.pdf 

Carlos Viesca Treviño, “La condición humana en el pensamiento de Ignacio Chávez Sánchez”, http://www.ensayistas.org/critica/generales/C-H/mexico/ chavezsanchez.htm

* Visitar el vestíbulo de la sede actual del Instituto Nacional de Cardiología, Juan Badiano núm. 1, Tlalpan, D.F.

PERSONAJES DEL PRIMER FRESCO

Galeno Pérgamo 130-200

ANATOMISTAS

Andreas Vesalius Bélgica 1514-1564

Marcello Malpighi Italia 1628-1694

Raymond Vieussens Francia 1641-1716

Giovanni Battista Morgagni Italia 1681-1771

FISIÓLOGOS

Miguel Servet España 1509-1553

Andrea Cesalpini Italia 1519-1603

William Harvey Inglaterra 1578-1657

CLÍNICOS

Joseph Leopold Auenbrugger Austria 1722-1802

Jean Nicolas Corvisart Francia 1755-1821

René Théophile Laënnec Francia 1781-1826

Jean Baptiste Bouillaud Francia 1796-1881

Joseph Skoda Checoslovaquia 1805-1881

ANATOMÍA MICROSCÓPICA

Jan Ev Purkinje Checoslovaquia 1787-1869

Wilhelm His Alemania 1863-1934

Arthur Keith Inglaterra 1866-1955

Ludwig Aschoff Alemania 1866-1942

Sunao Tawara Japón 1873-1952

Martín William Flack Inglaterra 1882-1931

PERSONAJES DEL SEGUNDO FRESCO

TERAPEUTAS

William Withering Inglaterra 1741-1799

Albert Fraenkel Alemania 1864-1938

TENSIÓN ARTERIAL

Stephen Hales Inglaterra 1677-1761

Karl von Basch Austria 1837-1905

Victor Pachon Francia 1867-1939

GRÁFICAS DE LA CIRCULACIÓN

Carl Ludwig Alemania 1816-1895

Etienne Jules Marey Francia 1830-1910

James Mackenzie Inglaterra 1853-1926

Karl Wenckebach Holanda 1864-1940

RADIÓLOGOS

Luigi Galvani Italia 1737-1789

Wilhelm Roetgen Alemania 1845-1923

Friedrich Moritz Alemania 1861-1938

Agustín Castellanos Cuba 1902-2000

ELECTROCARDIOGRAFÍA

Augustus Désiré Waller Inglaterra 1856-1922

Wilhelm Einthoven Holanda 1857-1927

Thomas Lewis Inglaterra 1882-1945

Frank N. Wilson Estados Unidos 1890-1952

SEMIÓLOGOS

Jean Baptiste Senac Francia 1693-1770

William Heberden Inglaterra 1710-1801

John Cheyne Irlanda 1777-1836

William Stokes Irlanda 1804-1878

Ludwig Traube

CLÍNICOS

Pierre Carl Potain Francia 1825-1901

Henri Huchard Francia 1844-1910

Henri Vaquez Francia 1860-1936

Charles Laubry Francia 1872-1960

James Bryan Herrick Estados Unidos 1861-1954

Paul D. White Estados Unidos 1886-1973

MALFORMACIONES CONGÉNITAS

Karl Rokitansky Checoslovaquia 1804-1878

Maude Abbott Canadá 1869-1940

martes, 27 de noviembre de 2012

“Vamos a aprender de los mejores” La participación de la selección mexicana en el primer Mundial de Futbol

Rogelio Jiménez Marce
Universidad Iberoamericana-Puebla
Revista BiCentenario #13

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La primera edición del Campeonato Mundial de Futbol se llevó a cabo en Uruguay del 13 de julio al 15 de agosto de 1930. La selección mexicana fue invitada a asistir por el país organizador, probablemente porque México había enviado una representación de este deporte a las Olimpiadas celebradas en Amsterdam en 1928. La suerte de las dos naciones en el certamen había sido distinta: los mexicanos fueron eliminados después de jugar los dos primeros partidos, mientras que la selección uruguaya se alzó con el trofeo.

El primer campeonato de futbol se celebraría dos años después de la Olimpiada, lo que mostraba el disgusto que sentía la FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociado) por el hecho de que las autoridades olímpicas hubieran programado los partidos de fútbol antes de que comenzaran las actividades deportivas formales, con el argumento de que entre los participantes había algunos “profesionales”, lo cual, a decir del Comité Olímpico, distaba de cumplir con los objetivos de la justa pues el deporte debía estar desligado de remuneraciones económicas. De allí que el futbol organizara un evento propio que, con el paso del tiempo, igualaría en importancia a las Olimpiadas y en cuanto al número de espectadores las ha llegado a superar. Se eligió a Uruguay como primera sede del certamen, debido a que, según los periódicos Excélsior y El Universal, se rendía así un homenaje a los “bravos jugadores” que se habían coronado en los torneos olímpicos de 1924 y 1928, pero también se contribuía a la celebración del Centenario de la Independencia de esa república.

Los diarios mostraban entusias- mo por la organización del campeonato en Uruguay, pues sería la primera vez que se efectuaba un torneo de “máxima importancia” en tierras americanas, pero lo más importante era que este “varonil ejercicio” que “apasionaba a todo el continente”, ayudaría a desplazar a las “desprestigiadas” corridas de toros e impulsaría la difusión de un deporte en el que preponderaban la cortesía, la fuerza, la resistencia, la destreza, la habilidad y la velocidad.

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¿Una “selección nacional”?

Después de que se recibió la invitación para par- ticipar en el mundial, la Federación Mexicana de Futbol (FMF) anunció que el 25 de mayo de 1930 se realizaría en el Parque España un partido para elegir a los jugadores que formarían la selección nacional. Excélsior indicaba que los futbolistas se habían escogido de los equipos que jugaban en las ligas capitalinas y se pusieron a las órdenes del entrenador español Luque de Serrallonga, quien, a decir del periódico, les había impuesto un “riguroso entrenamiento militar” y los concentró en el parque Delta de La Piedad.

El día del partido, el entrenador dividió a los jugadores en dos equipos: el verde, formado por cinco jugadores del México, dos del América, dosdel Necaxa y dos del Atlante, y el rojo, en el que alinearon cinco del Atlante, cuatro del América y dos del Necaxa. El partido resultó muy disputado y los rojos lograron la victoria en los últimos minutos. Como la intención del entrenador era comprobar la resistencia de los futbolistas, se jugaron los 90 minutos sin darles descanso, prueba que, se dijo, todos habían pasado. Después de ob- servar las acciones, en el Excélsior se mencionaba que la selección nacional debía estar integrada por el portero Soto, los defensas Rosas y Record, los medios F. Rosas, Sánchez y Cerrilla y los delanteros Gayón, Mejía, Carreño, “Pichojos” y López.

Como último partido de preparación, el representativo mexicano se enfrentó al club Asturias en el Parque España. Antes de que comenzara el partido, el capitán del Asturias, Sigfrido Rot, pronunció un discurso de despedida y los dirigentes de la FMF entregaron a Record, quien era el capitán de la selección, y al delegado Soto la bandera con la que México desfilaría en campos uruguayos. El juego de preparación generó posiciones encontradas en la prensa. Excélsior alabó la actuación de los delanteros, pues habían mostrado “gran ligereza”. Si bien admitía que erraron muchos disparos, agregaba que no se debía olvidar que la instrucción de su entrenador era jugar rápido y tirar de inmediato. Pese a todo, la selección ganó el partido por seis goles a uno.

El representativo alineó con Bonfligio, Rosas, Record, Sánchez, Amezcua, Rosas, Hilario, Gayón, Nicho, Carreño y Pérez. Un artículo del El Universal, firmado por J. M. A., criticaba a la “selección nacional”; decía que a ésta no se la podía llamar selección, debido a que sólo se habían elegido jugadores de los equipos capitalinos, sin tomar en cuenta a los de las ligas de Guadalajara y Orizaba. Sin embargo, lo que mayor animosidad generaba al articulista era la designación de Luque de Serrallonga como entrenador, debido a que “carecía de méritos” para tener un pues- to de tanta importancia; lo probaba que, en sus anteriores equipos, Real España y Germania, no había conseguido ningún resultado importante y en el último torneo sólo obtuvo una victoria con el Germania.

Sin embargo, la crítica en contra de Serrallonga ofrecía un argumento de mayor peso; J. M. A. enfatizó en diversas ocasiones que se había dado el puesto de entrenador a un español, lo que rechazaba pues a su juicio en la selección mexicana sólo debían estar los mejores jugadores y entrenadores nacionales. Proponía la formación de una Confederación Nacional de Deportes, con el objetivo de hacer del deporte un factor decisivo para el mejoramiento de la sociedad. Una de sus atribuciones sería elegir a los equipos que representaran a México en el extranjero, para lo cual debía tomar como ejemplo a la Asociación de Tenis, que sólo llevaba a los mejores jugadores a competir en los torneos internacionales.

El periodista consideraba que las “irregularidades” que prevalecían en los deportes estaban próximas a desaparecer, pues el Departamento Central pensaba formar una comisión deportiva que manejara los deportes organizados y acreditase a los equipos que representarían a México en el extranjero. Con un organismo de este tipo se evitaría repetir el caso de la selección nacional de futbol, en la que el nombramiento del entrenador había sido fruto de la amistad de Serrallonga con los encargados del deporte. Sin andarse con rodeos, el anónimo crítico afirmaba que se debía preferir a los entrenadores nacionales sobre los extranjeros. 

Imágenes integradas 3 La selección uruguaya

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PARA SABER MÁS:

“Copa del Mundo Uruguay 1930”, http://www.youtu- be.com/watch?v=KMghWR8O5dg ROBERT DAVIES, 90 minutes: the greatest moments from the World Cup, London, Merell, 2006.

RAFAEL PÉREZ GAY, Sonido local: piezas y pases de futbol, México, Cal y Arena, 2006. ALFRED WAHL, Historia del fútbol, del juego al depor- te, Barcelona, Ediciones B, 1998.

SELECCIÓN DE MÉXICO EN EL I CAMPEONATO MUNDIAL DE FUTBOL, URUGUAY 1930

Jugador

  • Óscar Bonfiglio 
  • Isidoro Sota 
  • Alfredo Sánchez “El viejo” 
  • Francisco Gutiérrez Garza
  • Manuel Rosas 
  • Raymundo Rodríguez 
  • Efraín Amezcua 
  • Felipe Rosas 
  • Dionisio Mejía 
  • Felipe Olivares 
  • José Ruiz 
  • Roberto Gayón 
  • Luis “Pichojos” Pérez 
  • Rafael Garza Gutiérrez 
  • Hilario López 
  • José Carreño 
  • Jesús Castro


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Viajando con Manuel Payno

Antonia Pi-Suñer Llorens

Facultad de Filosofía y Letras/UNAM

Revista BiCentenario #15

Imágenes integradas 1 Londres, siglo XIX


Manuel Payno y Cruzado fue un hombre de mundo. Lo fue no sólo por sus intereses intelectuales y políticos sino también porque se interesó y viajó por el mundo, cosa que no era tan fácil en aquellos tiempos. Su elegante y fluida pluma conforma una literatura de viaje que se puede considerar como única en el México decimonónico, pues don Manuel se distinguió por ser un gran observador y un excelente narrador. Basándome en sus propios relatos –prácticamente transcribiéndolos– los invito a que lo acompañemos en dos de sus viajes, el uno en 1851 a Inglaterra y el otro a España, en 1888.

Imágenes integradas 2Cabina de pasajeros en un vapor trasatlántico

En el primero, iremos a Veracruz en diligencia, puesto que todavía faltan muchos años para que se concluya la construcción del ferrocarril que unirá a la ciudad de México con aquel puerto y que tanto impulsa Payno. La diligencia consistirá en un coche pesado tirado por ocho o diez mulas flacas y macilantes, y cargado hasta el techo de cuanto puede imaginarse necesario para el servicio de una casa. En él, nos encontraremos en la amable y desconocida compañía de nueve individuos, entre los cuales habrá un párvulo y dos hembras. Por ello será menester acuñarse pierna con pierna, brazo con brazo, espalda con espalda, pues de otra suerte no será posible ir en un carruaje de seis asientos, donde el empresario [habrá] acomodado a nueve gordos o flacos, además del cochero y del postillón en el pescante, el correo y dos o tres más que irán en el techo. Después de hacer dilatadas jornadas y pasar por esos caminos llenos de rocas, montañas y precipicios, cuando no de lodazales y ciénagas y pararnos en unos mesones de una fisonomía tan particular, donde los mejor acomodados serán los caballos, llegaremos a Veracruz. Allí nos embarcaremos hacia Southampton, a bordo de un enorme buque de vapor perteneciente a una transatlántica británica, al que Manuel le gusta llamar el paquete inglés.

Imágenes integradas 3 La Exposición Universal de Londres

La travesía durará un mes y nuestra vida cotidiana se desarrollará de la siguiente manera: A las tres y media o cuatro, cuando apenas comience la luz dudosa de los primeros albores de la mañana a penetrar por entre los vidrios gruesos y opacos de los camarotes, nos despertará una batahola infernal que alarmará sobremanera al que no esté acostumbrado a ella. El segundo capitán, y tres o cuatro guardias marinos descalzos, en pechos de camisa y seguidos de doce o catorce marineros, recorrerán toda la embarcación, arrojando cubetas de agua por todas direcciones, barriendo y limpiando la cubierta, los gallineros, las escaleras, las puertas de los camarotes, todo en una palabra, no siendo nada extraño el que despertemos todos mojados, pues suele caer una cubeta entera de agua sobre el desgraciado pasajero que no tiene la precaución de cerrar bien la vidriera de su camarote.

A las siete de la mañana, el mozo entrará a dejar una taza de té o café, tan detestablemente confeccionados, que igualarán en el mal sabor al medicamento más desagradable de una farmacia. A las diez, el sonido de una campana indicará la hora del almuerzo. Los pasajeros, aseados y rasurados, que han estado esperando con impaciencia el sonido de la campana, se precipitarán por las escaleras como si se tratara de acudir a un pronunciamiento o de apagar un incendio, y se apoderaran inmediatamente de los mejores platos devorando cuanto esté al alcance de su mano. Notaremos que es verdaderamente prodigiosa el hambre de que se encuentran atracados muchos de los que navegan. Otros por el contrario, pálidos, extenuados y macilentos con el mareo, apenas podrán mantenerse en pie. Será un contraste verdaderamente notable el que forman en la mesa esta especie de pasajeros que pa- recen unos esqueletos salidos de la tumba, que todo les repugna y que todo les molesta, con el de algunos ingleses rojizos, encarnados como el sol, que de cada sorbo se vacían en el estómago una botella de cerveza y en cada bocado hacen desaparecer un cuarto de pollo o una rebanada de jamón.

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lunes, 12 de noviembre de 2012

“Madre coraje” y la familia Prestes en México, 1938-1945

Ana Buriano 

Instituto Mora

Revista BiCentenario #15

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La prensa mexicana del 15 de junio de 1943 se vio desbordada de noticias y avisos fúnebres alusivos a la muerte de Leocadia Felizardo Prestes. La madre del lider comunista brasilero Luis Carlos Prestes, apresado por el gobierno de Getulio Vargas, expiró en su domicilio de Luz Saviñon núm. 10, de la colonia Del Valle, la madrugada del 14, donde vivía junto con su hija Ligia y su nieta Anita Leocadia de siete años de edad. Inmediatamente se hicieron presentes en la casa Alfonso Reyes, Vicente Lombardo Toledano, Amalia Solórzano de Cárdenas y Gabriel Leyva Velázquez. Poco después llegó el comité nacional de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) encabezado por Fidel Velázquez. En la tarde, el cuerpo fue embalsamado en espera de la respuesta del gobierno de Brasil a las peticiones que le hicieran personalidades y organizaciones políticas y sociales mexicanas. Los telegramas pedían a Getulio Vargas que permitiera el viaje de Luis Carlos a México para presidir los funerales de su madre. La más impresionante de estas solicitudes, según recuerda la memoria familiar, fue el cable que envió Lázaro Cárdenas, entonces secretario de Defensa del gobierno de Manuel Ávila Camacho, al presidente de Brasil, ofreciendo enviar un avión militar para trasladar al preso y su persona como garantía y rehén de que Prestes regresaría a prisión una vez que se produjeran las exequias fúnebres.

Se abrió entonces una larga espera de cuatro días en vigilia junto al cuerpo de Leocadia. La capilla ardiente fue instalada en el salón de la Unión de Empleados de Restaurantes, Cafés y Pastelerías del D.F., en la calle Orozco y Berra núm. 80, permanentemente rodeado por guardias de honor en las que se turnaban dirigentes y primeras figuras de la CTM, la Universidad Obrera, el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), la Confederación Nacional Campesina (CNC), el Partido Comunista Mexicano (PCM) y la Confederación de Trabajadores de América Latina, así como representantes del exilio antifascista. Getulio no respondió. Lo hizo en su lugar la Embajada de Brasil en México a través de una declaración que transcribe El Universal del 18 de junio de 1943. Frente a la conmocionada opinión pública mexicana la Embajada puntualizó que “Luis Carlos Prestes fue el primer condenado por el Tribunal de Seguridad Nacional como culpable del crimen de sedición y levantamiento en armas contra el gobierno constituido”, responsable de un asesinato y por lo tanto “prisionero por crimen común”. Negó así toda entidad política a su detención, siete años atrás.

Perdidas las esperanzas fue necesario proceder al sepelio en ausencia del hijo. El Comité Antifascista de México convocó a todas las agrupaciones obreras y democráticas a participar. Las honras fúnebres fueron apoteósicas según da cuenta una “Crónica gráfica” de El Nacional. El entierro, ce- lebrado el 18 de junio, contó lo más significativo del mundo político y sindical mexicano: todos los secretarios y subsecretarios de Estado encabezados por el general Cárdenas, los sindicatos mexicanos, el exilio y las organizaciones civiles. A las 10:30 de la mañana la caja mortuoria, cubierta por la bandera de Brasil, fue llevada en hombros 10 km por un cortejo fúnebre que se encaminó por el jardín de San Fernando hacia las calles de Rosales para tomar después Paseo de la Reforma, el Bosque de Chapultepec y llegar al Panteón Civil de Dolores. Precedido por la banda de guerra de las milicias obreras caminó lentamente durante dos horas hacia las lomas de Tacubaya, rodeado por una guardia de honor que llevaba las banderas de las naciones aliadas que lucha- ban contra el nazifascismo.

Al pie de la tumba la despidieron Manuel Luzardo por el exilio brasilero, el senador Vicente Aguirre por la CNC, Vicente Lombardo Toledano por la CTM, Dionisio Encinas por el PCM, Salvador Ocampo por la Confederación de Trabajadores de Chile y Adelina Zendejas por la mujer revolucionaria. Aguirre expresó que “aquí en México los revolucionarios cuentan con un regazo acogedor y un ambiente de simpatía sincera”; Vicente Lombardo exaltó la figura de Prestes entre los luchadores de América Latina y dijo “Doña Leocadia, hasta luego”. La voz de Adelina vibró con una encendida arenga

sobre la ideología del hijo de la desaparecida. En su carácter de cónsul general de Chile en México, Pablo Neruda leyó su poema “Dura elegía”. El gran poeta dijo en sus estrofas: “Señora hiciste grande, más grande, a nuestra América”. Y a Vargas le apostrofó: “una madre recorre la casa del tirano, una madre de llanto, de venganza, de flores, una madre de luto, de bronce, de victoria, mirará eternamente los ojos del tirano, hasta clavar en ellos nuestro luto mortal”. La lectura del famoso poema fue “mi suicidio diplomático”, recordó Neruda luego. Considerado injurioso, el gobierno de Brasil le acusó de infringir la neutralidad diplomática. Las grandes presiones que Neruda recibió desde el ministerio de Relaciones Exteriores de su país precipitaron una renuncia que evitó la destitución. Declaró ante la prensa mexicana que los “escritores chilenos tenemos una tradición: al aceptar un cargo público... no acostumbramos a hipotecar nuestra libertad ni nuestra dignidad de hombres libres”.

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Cerrada la tumba con la inscripción A la madre heroica, fue cubierta por coronas fúnebres, cuya enumeración ocupó una columna y media del periódico. Entre quienes las enviaron destacaban el presidente de la república Ávila Camacho, los secretarios de estado Cárdenas, Heriberto Jara, Miguel Alemán, Maximino Ávila Camacho y Javier Rojo Gómez, Jefe del Departamento del D.F. Pese a que el gobierno mexicano se deslindó oficialmente de haber tomado una posición, las declaraciones a la prensa del embajador de Brasil generaron un incidente diplomático y reclamos ante Itamaraty.

Madre coraje

El mundo conocía a Leocadia Prestes como “Madre coraje”, en un simil algo forzado con la obra teatral de Bertold Brecht, Madre coraje y sus hijos. Nacida en Porto Alegre, capital de Rio Grande do Sul, en 1874, fue una maestra de primeras letras que casó con Antonio Pereira Prestes, un ingeniero militar con quien procreó cinco hijos en Río de Janeiro. Muerto tempranamente el esposo, enfrentó su viudez solventando la vida como maes- tra nocturna de adultos en las escuelas de las favelas de Río, hecho que la aproximó a la realidad social de Brasil. Madre devota, se mantuvo unida a las inquietudes de Luis Carlos, su hijo mayor. ¡Y vaya que esas inquietudes fueron muchas! El joven Prestes nació en 1898 en la república recién establecida (1889). Estudió ingeniería en la Escuela Militar de Realengo en Río de Janeiro, trabajó como ingeniero ferroviario y con el grado de teniente fue destinado al estado de Rio Grande.

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domingo, 11 de noviembre de 2012

El San Luis de Ponciano Arriaga

Toda la región, desde la hacienda de La Pila hasta San Luis es cultivada como un jardín, pero las cabañas de adobe y los cercados de cactos dan al traste con su belleza. La ciudad en sí ofrece buen aspecto: las iglesias son altas, y algunas muy bellas, y las casas son de piedra y construidas con cuidado. La casa de gobierno en la plaza aún no está terminada, aunque la parte delantera, que es de piedra labrada y a la que decoran pilastras jónicas, sería digna de crédito en cualquier ciudad de Europa. El convento carmelita es extenso y espacioso, con un amplio jardín, que se cultiva con mucho cuidado y es mantenido en excelentes condiciones: los paseos son sombreados por vides y los claustros están adornados con naranjos y limoneros. Las ventanas del convento ofrecen una hermosa perspectiva de la fértil llanura, que acaba en un audaz perfil de las montañas [...] La gente de San Luis parecía mejor vestida y con mejor aspecto que en cualquier otra población por la que el autor haya pasado y había pocos mendigos en las calles. Humboldt asegura que la población es de 12,000 personas. [...Nosotros estimamos] que es de 15,000 y, si se añade la de las inmediaciones, se multiplica por tres.

Josiah Conder, The Modern Traveller, a popular description, geographical, historical, of the various countries of the globe, 1830.

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Ponciano Arriaga: sus años formativos

Sergio A. Cañedo Gamboa 

El Colegio de San Luis

Revista BiCentenario #15

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A pesar de sus valiosas contribuciones a la vida política y constitucional de México, Ponciano Arriaga Leija es un personaje poco conocido por los mexicanos y de menor interés para nuestra historiografía mexicana. Tal desconocimiento y desinterés es injusta pues él contribuyó a la instauración por el gobierno, en 1846, de las Procuradurías de Pobres, las cuales defendían a los desvalidos y demandaban la reparación de cualquier exceso, agravio o maltrato que los poderes judicial, político o militar o cualquier autoridad, funcionario o agente público cometiera en su contra, y en 1857, en el marco del Congreso Constituyente, su voto particular sobre la propiedad de la tierra promovió, entre otros aspectos, la división de los latifundios, la prohibición de las adjudicaciones de tierra a las corporaciones religiosas, cofradías o manos muertas, e insistió en que el fruto del trabajo de la tierra debiera pertenecer a los trabajadores, siendo fundamental para la integración y el enfoque que se le dio en la Constitución proclamada en ese mismo año y tuvo incluso influencia importante en la de 1917.

Dado que en 2011 se celebran los 200 años de su nacimiento, este texto propone contribuir a su conmemoración, centrándose en sus años formativos más que en sus ya conocidas aportaciones. Nuestro interés por explicar las tres primeras décadas de la vida de Ponciano Arriaga, décadas fundamentales en su carrera como abogado, político e intelectual, así como sus acciones en el escenario potosino deriva de que en este tiempo adquirió el conocimiento, la experiencia y las habilidades que lo impulsaron del escenario público de su ciudad natal a escenarios de transcendencia nacional. En efecto, hacia finales de la década de 1840, Ponciano Arriaga dejaría San Luis Potosí con destino a la ciudad de México, si bien residiría también en otras ciudades del país donde ocupó posiciones de importancia e, incluso sus opiniones políticas lo forzaron al exilio por unos meses, en Estados Unidos, durante la década de 1850. Regresó a México, donde reanudaría su carrera pública, y a su patria chica en 1865, año en que adquirió una pequeña casa en la céntrica calle del Arenal, donde murió el día 12 de julio.

El momento en que se dio su naci- miento y su vocación y filiación política ubican a Ponciano Arriaga temporal e ideológicamente dentro de la llamada generación de la Reforma. La mayoría de los integrantes de esta generación nacie- ron, como él, pocos años antes o después del principio de la guerra de Independencia de 1810, y hacia el final de la década de 1820 e inicios de la siguiente recibieron su educación en los recién fundados colegios de estudios mayores, tales como el Guadalupano Josefino en San Luis Potosí y el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, entre otros. Aquellos estudiantes que fueron más inquietos y con mejores dotes para la vida pública se incorporaron muy pronto y en forma decidida como actores del proceso de formación del estado mexicano, participando en la vida política e intelectual de algunas ciudades provinciales mexicanas desde los ayuntamientos y los congresos de los estados. Con el paso de los años, hacia las décadas de 1840 y 1850, todos ellos, en su edad madura, es decir, entre sus 30 y 40 años de edad, comenzaron a trascender a nivel nacional.

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PARA SABER MÁS:

Sergio Alejandro Cañedo Gamboa y María Isa- bel Monroy Castillo, Ponciano Arriaga. La for- mación de un liberal, 1811-1847, Archivo Histórico del Estado de San Luis Potosí, 2008.

J. Jesús Juárez Pérez, Ponciano Arriaga: el hombre, Universidad Autónoma de San Luis Potosí-Facultad de Derecho, 2008. “Derecho de propiedad, voto del señor Ponciano Arriaga”, México, 23 de junio de 1856, http://www.biblioteca.tv/artman2/ publish/1856_149/Derecho_de_propiedad_voto_ del_señor_Ponciano_Arriaga_246.shtml

sábado, 10 de noviembre de 2012

La celebración del Centenario del natalicio de Benito Juárez en Jalapa (1905-1906)

Rogelio Jiménez Marce 

Universidad Iberoamericana-Puebla

Revista BiCentenario #16

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Durante el Porfiriato, la figura de Benito Juárez alcanzó gran relevancia en el panteón patrio. No sólo el 18 de julio se incorporó como festividad cívica, sino que el mismo presidente Díaz lo consideraba su antecesor, pese a que habían sido enemigos políticos. Es más, como en 1906 se iban a celebrar 100 años de su natalicio, el mandatario ordenó que se formara la Comisión Nacional del Centenario del Natalicio de Benito Juárez, con la tarea de organizar los eventos alusivos en la capital del país, así como de coordinar las actividades de las delegaciones que se establecerían en cada uno de los estados.

La nueva comisión se constituyó en agosto de 1905 y estaba integrada por Félix Romero (presidente), Pablo Macedo (vicepresidente), José Casarín, Adalberto A. Esteva, Victoriano Salado Álvarez y Ramón Prida (secretarios), Carlos Rivas (tesorero), Gabriel Mancera, José de Landero y Cos, Rosendo Pineda, Emilio Velasco, Jesús Alonso Flores y José B. Cueto (vocales). Una de sus primeras determinaciones fue erigir un monumento en honor a Juárez en la ciudad de México, para lo cual se invitó a los gobernadores a cooperar económicamente. Con tal de que la iniciativa se llevara a cabo, Aurelio G. Venegas, en representación de la Junta Patriótica de Toluca y de un comité de estudiantes de la misma ciudad, propuso que la Comisión Nacional no se disolviera sino hasta que se hubiera concluido con la edificación del monumento. Otra iniciativa de la comisión fue que el 21 de marzo se realizara, en todas las escuelas públicas de la nación, una conferencia sobre el Benemérito de las Américas –título que fue otorgado a Juárez en 1867 por el Congreso de Colombia–, cuyo objetivo sería hacer a los niños partícipes de la celebración.

Los dos proyectos fueron recibidos con beneplácito, pero la construcción del monumento implicó dificultades, ya que no todos los gober- nadores contribuyeron con la parte que les correspondía. Así, el 24 de septiembre de 1905 la Comisión Nacional informó que los mandatarios de los estados de México, Tlaxcala, Aguascalientes, Durango, Veracruz, Oaxaca, Puebla, Sonora y Michoacán no habían entregado su respectiva colaboración pecuniaria.

Respecto a las conferencias, la comisión indicó que no sólo despertaron un “gran entusiasmo” en las escuelas públicas, sino también en las privadas. Ejemplo de ello era un colegio particular de Pachuca que les había informado acerca del nombramiento de una mesa directiva y varias comisiones con la tarea de organizar la festividad del 21 de marzo. En este “patriótico empeño” eran ayudados por el profesor Teodomiro Manzano.

Para alentar la participación de los infantes, la Comisión Nacional indicaba que, en los primeros días de marzo de 1906, publicaría un libro donde se haría una crónica de los festejos e incluiría una sección con las composiciones literarias en honor de Juárez, tanto de niños como de “escritores notables”.

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Se recibieron diversas notas de personas que buscaban colaborar, de una u otra forma, en los festejos. Jesús A. Flores sugirió que se efectuara un concurso pictórico, un señor apellidado Salas López propuso que el día de la celebración en todas las poblaciones del país se pusiera el nombre de Juárez a una calle o plaza y el profesor Ildefonso Estrada y Zenea informó que él mismo costearía la impresión de 600 ejemplares de un monólogo titulado Juárez, que se repartiría de manera gratuita en las escuelas de la capital.

Es de advertirse que las propuestas anteriores no fueron incluidas en el programa general de la celebración del Centenario del Natalicio de Juárez, pues lo estipulado era que el 21 de marzo sería día de asueto para los empleados y obreros de toda la república y realizarían concursos literarios y arquitectónicos en honor al Benemérito. Se colocaría, además, la primera piedra de su monumento; se efectuaría una gran manifestación popular a la que concurrirían los delegados de los ayuntamientos, los representantes de las delegaciones, los comités de la Comisión Nacional y las asociaciones invitadas; se realizaría una velada en la que se entregarían los premios de los concursos; se organizarían conferencias en las escuelas públicas y privadas; se fijarían 21 lápidas conmemorativas en los edificios en los que Juárez ejerció como presidente de la República de manera transitoria o permanente y las distintas representaciones estatales incluirían una manifestación popular en su programa.

Como hubo problemas para determinar los lugares donde se colocarían las lápidas, la Comi- sión Nacional acordó el 13 de enero de 1906 que sólo se pusieran en los estados de Puebla, México, Veracruz, Querétaro, Guanajuato, Jalisco, San Luis Potosí, Coahuila, Durango, Nuevo León y Chihuahua, motivo por el que se solicitó a los gobernadores de esas entidades que formaran co- misiones para investigar los lugares de residencia de Juárez.

En el caso de Veracruz, el gobernador Teodoro Dehesa solicitó, en octubre de 1905, el envío de 1,000 ejemplares de una biografía de Juárez, a fin de repartirlas en las escuelas cantonales, así como el programa general de la Comisión Nacional. El 9 de diciembre de 1905 ordenó que cada ayuntamiento nombrara uno o dos delegados para que acudieran a la manifestación popular que se llevaría a cabo en la ciudad de México. Ellos recibirían un “subsidio de viaje”, el cual saldría de las arcas municipales. El mandatario acordó también que se formara un comité encargado de los festejos en cada cantón. 

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